El herrero

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El oficio de herrero solía ser de tradición familiar. Desde niño, el herrero veía trabajar en la fragua a su padre, o a algún pariente, y con ellos iba acumulando esa sabiduría que dan los años en un trabajo artesanal bien realizado.  

Las huellas del herrero rural quedan en cada pueblo: llamadores, bocallaves, clavos que adornan las viejas puertas, rejas de arados, llantas en las ruedas de los carros chillones, y un sinfín de utensilios.

Las herramientas que salen de manos del herrero son mucho más estimadas, en determinados oficios, que aquéllas que se pueden encontrar de fabricación industrial. La fragua podía ser del herrero o de la comunidad de vecinos, del concejo.

La fragua era un lugar entretenido con algo de misterio. A los niños les gustaba entrar allí a la salida de la escuela, y que el herrero les dejase tirar de ese gran fuelle de cuero y madera para avivar el fuego, y escuchar los golpes del martillo sobre el yunque: era la música de la fragua. Lugar oscuro, de ennegrecidas paredes; junto al fuego estaba el agua para templar y un cesto con carbón de brezo, que lo preparaba el mismo herrero.

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